Aula Gerión

Asociación para la defensa del Patrimonio Histórico - Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

 

 

                                                         LA CASA
 

 

                                                                                                                           Leonilo Molina *
 

 


                                                                                  I
 

Dobló la esquina del callejón, y cuando avanzó por el nuevo tramo, como si se tratara de una avalancha, se vio sorprendido por la escena. ¿Cómo se pudo forjar tanta desidia? – pensó con evidente sobresalto. Y avanzó más rápidamente ahora – antes nunca lo hizo en tan corto espacio de tiempo – como queriendo acelerar los acontecimientos, acercarse lo más posible al lugar. Conocer de cerca el desastre. Tanta velocidad imprimió a sus pasos que, cuando ya estaba más próximo a ella, ante la impresión que le ocasionó su cercanía, frenó impetuosamente. Tal fue, que su cuerpo se balanceó por la inercia, cabeceó como lo hacen las proas de los barquillos en la mar revuelta, a punto estuvo de dar con su cuerpo en tierra.
 

Sospechó siempre que podría suceder. Sin embargo, ahora que era testigo de ello, no daba crédito a lo observado. Nunca fue así el escenario imaginado. Menor intensidad, sin duda, previó en sus divagaciones personales sobre el asunto. Pero lo sabía, la realidad y la ficción no tienen porqué coincidir, no concilian bien. Y así, sucede también ahora. Sus ficciones, era evidente, no llevaban la crudeza de la realidad observada.


Resultó así. La menor distancia le causó gran estupor pues, la visión de los hechos, desbordaba cualquiera de sus previsiones. Ni siquiera en las más desfavorables, y había barajado varias, se vislumbraba tal situación.

 

Resultaba dolorosa la visión. Tanta destrucción inútil, en su opinión, sólo podía ser producto de la más atroz de las ignominias. Si hubiese que buscar responsabilidades, no tenía dudas al respecto, encontraría al menos media docena de personas. Eso, en la mejor de las circunstancias pues, no sólo bastó el concurso de aquellas personas en quienes estaba pensando. Seguramente, y a tan atroz espectáculo se remitía, hubo algún que otro elemento adicional. Si no, no se explicaba el cuadro de irreversibilidad que estaba observando.


Se sentó en la acera, tanta emoción requería de un descanso; su pulso acelerado, también. Todavía, a pesar del tiempo transcurrido, en el ambiente se respiraba un aire contaminado; el aire traía consigo a los materiales que surgían de la nube de polvo que se desprendía de aquel amasijo de escombros. Ese fue el que llegó a sus pulmones cuando, intentando reponerse, inspiro intensamente.


Necesitaba un aporte supletorio de oxígeno pero, a tenor de los acontecimientos, sus células tendrían que aguardar a mejor ocasión. No estaba la calidad del aire, en aquellos momentos, para permitirse muchos excesos. Aun con todo, permaneció su cuerpo un buen rato sobre la acera. Dudaba, por el asombro sufrido, que sus pies tuviesen las fuerzas suficientes como para permitirle permanecer erguido. Y aquel pasmo respondía, no había duda, a la concepción médica que del mismo había, pues sentía: “disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia”. Así lo apreciaba. Así se percibía.


Quedó atónito ante semejante espectáculo. Y en su mente comenzaron a bullir, incesantes, todas las ideas que sobre el asunto le rondaban su cabeza.


Surgieron, irrefrenables, las experiencias y las lecturas relacionadas. Pensó, con una rabia incontenible, en todo lo que fueron gestando, en el transcurso de su historia, en torno a ella. Los proyectos no ejecutados, los no redactados – que también los hubo –, los dineros públicos dilapidados y, sin duda, las tramoyas edificadas con un único objeto: obtener pingües beneficios de aquello que, desde un principio, debió pertenecer al patrimonio municipal, permitir que la totalidad de la población pudiese disfrutar de su encanto, de su historia, de su leyendas, que también se fueron componiendo con el transito del tiempo. Pero, a la luz de los acontecimientos, sus especulaciones ahora resultaban tardías, inanes por extemporáneas. En cualquier caso, el dolor que le producía el escenario, hizo que continuasen, febriles, proliferando sus pensamientos.
 

Las actividades en su defensa, también emergían desde sus lacerados recuerdos. Fueron diversos los escenarios en los que se desarrollaron, igual que, también lo fue, el grado de participación. Una desigual respuesta tuvieron las convocatorias concitadas en torno a la casa; propugnando, en todos los casos, la defensa del patrimonio, la historia del lugar, todos aquellos acontecimientos que habrían de llegar, intactos, al conocimiento de las generaciones futuras. De nada sirvió, pensaba con dolor, los expedientes promovidos para su conservación; el tiempo transcurrido, las reiteradas muestras de desidia, y alguna que otra acción “altruista”, condujeron al estado actual, a la visión desagradable de la destrucción de los vestigios del pasado. De que valía, a la luz de los acontecimientos, tanto denodado esfuerzo si, finalmente, la casa acabó donde alguien tenía previsto que lo hiciese: en el suelo.
 

Permaneció allí, sentado sobre aquella acera; la misma en que, en ocasiones pasadas también estuviese, pero de pie – es cierto – y en compañía de quienes, como meta, se habían planteado su conservación; no como sucedía ahora. Desde aquella acera, con denuedo, denunciaron lo que hoy parecía el fruto de un mal presagio. Siempre supieron, de no mediar una solución más inteligente, cual iba a ser el fin de aquel fragmento de la historia – relativamente reciente – de la ciudad. Mientras permanecía sentado, miraba fijamente para aquel amasijo de materiales – ya una masa amorfa – del que continuaba levantándose, como el humo en las hogueras, una nube de polvo. A pesar del tiempo transcurrido, no acababa de disiparse. Fue de esa nube de polvo, de la que no quitó ojo durante largo rato, dónde observó, con asombro – aun lograba conservar tal capacidad –, cómo una figura, de nívea envoltura corporal, salía de entre los escombros – como si huyese – con su rostro desencajado: era, ¡no puede ser! – pensó, al tiempo que, sacando fuerzas de donde no las había, se incorporaba de modo precipitado para, con el mismo ímpetu, acercarse a aquella figura de mujer que, con la misma rapidez que asomó, se desvaneció.


                                                                              II


A su mente llegó, como antes lo hiciese aquella extraña visión, el recuerdo de un relato que, como todos los de su naturaleza, se transmitió de generación en generación a través de la tradición oral. Hubo de remontarse, al menos con su pensamiento, a los años en que todavía, aquella casa, estuvo habitada. Gloriosos años, le contaron, por las transacciones comerciales entre aquella orilla y la americana. La fortuna de los propietarios, notable para la época, no fue obstáculo para que sobre la casa, se cerniese la desgracia. No era tanta – al menos como lo es actualmente – la población de la ciudad en aquella época; a pesar, incluso, de quienes la transitaban temporalmente por motivos de negocio. Y de ello se trató. Alguien, procedente del denominado “Nuevo Mundo”, recaló en la ciudad. Unas gestiones finales, le retuvieron más tiempo del previsto.


Aquel marino constituyó, a pesar de la austeridad de sus costumbres, con el transcurso del tiempo una notable fortuna. Durante su estancia, supo ir abriéndose paso, por su carácter afable, entre las personas del lugar. Las puertas de sus casas permanecían abiertas, sin ambigüedad alguna, a la espera de su visita. Y él, haciendo gala de su caballerosidad, supo responder a las invitaciones, sin descuidar cita alguna. Hoy aquí, mañana allá, todo el tiempo que pasó en la ciudad, salvo el dedicado a los quehaceres de su negocio, lo pasó en sus mejores casas. Allí hizo almuerzos, degustó meriendas y dilató cenas hasta altas horas de la noche. Su amplia experiencia, las aventuras vividas, unido a sus dotes de buen conversador, fueron excelente motivo para evitar el tedio en todas sus visitas. Así, mientras contaba sus andanzas – con evidentes toques de teatralidad –, mantenía en notorio embeleso a quienes le escuchaban,
sin duda, con un inusitado interés.


Tantos compromisos, en tantas casas familiares pasó tantas horas, que acabó surgiendo lo imprevisible. Allí, como una aparición, estaba ella, observándolo, oyendo – con excitada dedicación – todo aquello que él contaba. Entonces, en un momento de su relato, sus miradas se cruzaron – fugaces quizá, pero lacerantes – y, en ese espacio que había entre sus ojos, quedaron como petrificadas.


Fundidas, permanecieron ambas miradas, en una sola mirada de inesperadas consecuencias. Allí, a partir de ese mismo instante, se truncaron sus costumbres. Les bastó, tan sólo, aquella fugaz fusión de sus miradas, para lograr el tácito compromiso, el que tendría tan drásticas consecuencias finalmente.


Ya no se prodigaba, con igual intensidad, en todas las casas de la ciudad. Sus compromisos, antes puntualmente respondidos, comenzaron a postergarse. Los motivos, por obvios, comenzaron a ser de dominio público, y con ellos – a pesar de todas las apariencias – las habladurías, los comentarios procaces. Fue, en cualquier ambiente de la ciudad, el motivo de todas las conversaciones, la razón de las habladurías, sus continuos contactos fueron pasto de las incendiarias llamaradas del cotidiano cotilleo. Como todo fue llevado con inusitado sigilo, aquellos comentarios se llenaron de sospechas infundadas, y por ende, se fueron enriqueciendo con la crueldad que caracteriza, en estos acontecimientos, el imaginario popular.


Entre una cosa y otra, quien fuese en principio bien recibido, quien encontrase todas las puertas abiertas, comenzó a notar cómo, cuando se iba acercando a alguna de las casas en las que, con anterioridad, tenía abiertas las puertas de par en par, a cualquier hora de día, aquéllas comenzaban a cerrarse. Es más, su cercanía iba precedida de un fuerte portazo, que se oía desde lejos y, por su cotidianeidad, se transformó en una sutil manera de señalar su itinerario. No hubo pérdida, los sucesivos golpes de las puertas, indicaban la ruta de sus pasos. La situación, en principio centrada en su actividad social, se trasladó con rapidez también a la comercial. En ésta sí que hizo mella. Y debió de adoptar una decisión, rápida pero acertada pues, de lo contrario, toda su actividad comercial acabaría, como también así lo hizo, su vida social.

 
Todavía permaneció una semana más en la ciudad. El tiempo justo, ni más ni menos, para ir cerrando aquellas operaciones que, a pesar de las circunstancias, se mantenían en activo. También, manteniendo el mismo sigilo y discreción que durante toda su relación, aprovechó para – mostrando evidente disgusto –despedirse de ella. Ambos, conscientes de la situación, expresaron – a pesar de las circunstancias – la certidumbre de la decisión. Ambos, también, sintieron cómo la lacerante angustia les cercenaba el espíritu.


Tras la despedida, llegó la soledad, la despiadada soledad de quien se siente abandonada. A pesar de ser consciente de lo contrario. Así, animada por la expectativa, la joven accedía a través del pasillo porticado hasta la torre de vigía, y desde allí, en las noches de luna llena, aguardaba la llegada –imprevisible, por cierto – de aquella nave de grisáceas velas. Algún vestigio de su presencia rebuscaba con su mirada entre el resto de las naves fondeadas. Vano intento pues, muchas fueron las lunas llenas en las que, con su blanca vestidura, se asomaba desde la torre para, transcurridas las horas, regresar abatida hasta su habitación.


Sucedió en una de esas noches, las de luna llena. Cuentan, que mientras avanzaba sigilosa hasta la torre del vigía, alguien que seguía sus pasos, una silueta varonil – de la que nunca se conoció su identidad – avanzaba tras ella y en su mano, de notables dimensiones, portaba un hacha. Sus pasos, acelerados para darle alcance, hicieron que el desenlace se produjese casi al final del pasillo, en el antepenúltimo de los arcos. En el silencio de la noche, iluminada por los argénteos reflejos de la luna llena, se vio brillar en el aire – cuando ascendía guiada por la mano homicida – la hoja del hacha. Seguidamente, tras un único golpe seco – certero y criminal – se oyó el grito que desgarró el silencio que dominaba la noche. Tras él, el golpe del cuerpo de la dama contra el suelo.


Dicen, quienes cuentan tal leyenda, que a continuación, desde el pasillo porticado, salió volando un hermoso flamenco; éste, batiendo sus ensangrentadas alas con fuerza, dirigió su vuelo hacia los mástiles del puerto. Sin duda, quienes lo cuentan así lo afirman, desde allí, podría vislumbrar con mayor facilidad al marino de sus desvelos, posado en los mástiles de los veleros.


Jamás se desveló el autor de tan horrendos hechos. Todo fue ocultado por una grisácea nube de olvido. Sólo, la transmisión oral de la leyenda, mantuvo vivo el suceso. Ni el tiempo transcurrido, ni las veces que se contó, lograron tergiversar la historia, que pasaba de generación en generación, con la misma frescura del primer día. No obstante, múltiples sospechas circularon; todas ellas, igual de veraces como de imprecisas. Así, no pudo saberse quién segó, de modo tan intemperante, aquella vida. Quizá, con el paso del tiempo lograría desvelarse el misterio, aunque, hasta el momento, no se produjo noticia alguna sobre la autoría. Y ya, la distancia temporal se había dilatado lo suficiente.


Al fin y al cabo, sólo en su momento se hubiese podido hacer justicia, si tal concepción se pudiese dar en aquellas fechas. Quizá, tanta desgracia, con el devenir de los años, se fue acrecentando, dando cómo resultado, lo que estaba ahora observando. La definitiva desaparición de la casa. Pensó, convencido de lo contrario, en que aquélla se cernió de modo definitivo sobre la casa, y el resultado se mostraba ahora en forma de escombros. Su racionalidad le hizo mudar el pensamiento, pues todo había estado muy bien orquestado, para pensar en inexistentes malos augurios.


                                                                              III


Durante los siguientes minutos comenzaron a sonar los pitidos en toda su intensidad. Los mensajes cortos de móviles comenzaron a circular insistentes – a pesar de los usos y costumbres acomodados recientemente – para trasmitir la noticia. Su eficacia, constatada en otras ocasiones, también se evidenció en ésta. Cuando todavía no había transcurrido la primera hora, en torno al lugar se habían congregado varios cientos de personas. En todas, sin excepción, se vislumbraba el dolor que se reflejaba en sus rostros. En otros, la ira no contenida, denotaba intensos efluvios de rabia. Se fueron organizando corrillos, donde se trataba el tema y, en función de la vehemencia del grupo, se presentaban disímiles intensidades en las conversaciones. En algunos, por la intensidad de la rabia, se proferían gritos, a veces sin sentido – vehículo incontrolado de sentimientos ahora – para lograr algo de calma. En otros, con más sosiego, se intentaba organizar una respuesta coherente con lo acontecido.


En otros grupos, desbordados por lo hechos quizá, se mantenía el más intenso de los mutismos. Permanecían sobre la acera, donde buscaban ahora el necesario apoyo. Transcurrido un cierto tiempo, comenzaron a aparecer las asistencias municipales; cuando se acercaban hasta el escenario, constataron serias dificultades para acceder. Tal era el número de personas congregadas que, para llegar, se demoraron aun más tiempo, a añadir al retraso inicial. Aquella injustificada tardanza evidenciaba más todavía, si ello fuese posible, el escaso interés mostrado desde el Ayuntamiento. En cualquier caso, tampoco tenían demasiada labor que realizar, al menos en aquel momento. Acordonaron la zona, previendo males peores – si algo de ello pudiese suceder todavía –, tal fue la tarea emprendida. Ahora era preciso actuar con cordura, las tareas futuras tendrían que estar movidas por la reflexión. Era preciso, ahora más, la concienzuda retirada de los escombros, por si hubiese entre ellos, algo susceptible de recuperación; salvo, era otra opción, que se quisiese rematar la faena: incrementar las pérdidas; ya irreversibles, por cierto.


Con la aparición de las asistencias, o tras ella, llegaron las primeras autoridades municipales. Precediéndolas, para dejarles expedito el camino, la policía local ordenaba – como sólo su experimentada profesionalidad lograba – la concentración. Evitaban así, experiencias desagradables a quienes les iban a la zaga. Fueron organizando, entre los concentrados, un corredor que permitiese el paso de aquéllas. Sobre todo, porque los medios ya habían hecho acto de presencia, y había que facilitarles la tarea: inmortalizar la presencia preocupada, en el lugar de los hechos, de las primeras autoridades municipales.


En cualquier caso, por tal motivo también, no se podría establecer una nítida separación entre aquéllas y quienes allí se concentraban. Había que evidenciar el acercamiento, sobre todo en tales circunstancias. Unidos ante la adversidad: el pueblo y su representación. La escenificación momentánea de los intereses comunes; la discrepancia, ya tendría su espacio, y no era éste. Ahora era el momento de mostrar, o aparentar, emociones cercanas, sobre todo, porque sería lo que iban a reflejar los medios.


Algunos años atrás, cuando todavía se pudo hacer algo, fueron múltiples y variadas las expresiones de repulsa ante lo que se estaba preparando, parafraseando a Gabo: “la crónica de una muerte anunciada”. La historia era bastante larga. La documentación generada también lo era. Fueron muchos encuentros y desencuentros los que suscitó a lo largo de toda su vida. Sobre todo, cuando se intentó que las siguientes generaciones supiesen de su existencia. Y la conociesen con todo su esplendor, sin reconversiones estridentes, ni tergiversaciones interesadas. Tal y como era, con toda su grandiosidad y toda su Historia, así, con mayúsculas. El tiempo que se le dedicó, bien hubiese valido, si quienes tenían la responsabilidad de ello así lo hubiesen hecho, para mantener su espacio intacto, tan sólo las mínimas intromisiones por las necesarias tareas de mantenimiento. Las que impidiesen el paulatino deterioro que provoca el inexorable paso del tiempo, y con él, el inevitable deterioro de los materiales. No fue así.


Ahora, cuando la interesada presencia de las autoridades denotaba una cierta preocupación – simulada acaso – por los acontecimientos, los ánimos, de quienes allí se concentraban, comenzaron a crisparse. Así, las primeras voces comenzaron a hacerse oír. Voces de protesta e indignación que tenían un certero objetivo: afear la conducta de quienes durante tantos años, desde una u otra responsabilidad, tuvieron la oportunidad – y, a tenor de lo acontecido, no supieron hacerlo – de evitar lo que hoy acaeció: impedir la pérdida, irreversible ahora, de un edificio tan singular. Ahora, cuando sólo era puro escombro, su presencia en el lugar no resultaba muy acertada. Era evidente, quienes no se percataron antes de lo uno, se mostraban incapaces ahora de asumir lo otro. Tal era la realidad.


Con aquellos primeros gritos de rabia no contenida – casi al unísono – comenzó el molesto ruido de las sirenas. Alguno de los miembros de la policía local, quien evidenciaba el mando quizá, comenzó a sentir incomodidad. Esa incomodidad que, indudablemente, emerge del miedo a no conocer las respuestas adecuadas y, por qué no, no lograr ser condescendiente con quienes allí ostentaban la autoridad municipal. El número de efectivos se incrementó y, a continuación, demostraron sus evidentes limitaciones. Lo que en un principio, merced a la espontaneidad derivada de los acontecimientos, fue una concentración de personas preocupadas por lo sucedido, y por las querencias anteriores, se transformó, gracias a las insensatas apelaciones al orden, en un incómodo descalabro. Empujones absurdos, gritos de irritación, amenazas veladas, en definitiva, toda una lista de ligerezas, digna de épocas pretéritas, de aquéllas de infausta memoria.


Cuando culminó el día, no sólo quedaba el agrio sabor de la destrucción, también se unió a dicha nómina algunas denuncias “por atentado a la autoridad”, junto a las visitas obligadas a los centros de salud de la zona, buscando alivio a tanto golpe y erosión, provocado por el “diligente celo” al actuar de quienes, buscando el orden provocaron su contrario. Ya estaba delimitado el perímetro.

 
Ahora, a partir del día siguiente, restaba la evaluación de los daños. Los sufridos por el patrimonio cultural pues, los otros, los de los propietarios, no resultaron tales. Al contrario, la situación había mejorado notablemente. Nada, ni nadie, impedirían emprender el proyecto planteado hacía tantos años atrás.


Ahora, incluso, con mayor ventaja. A partir de aquello, ya no se presentaban las tediosas limitaciones impuestas por la Historia. Todo iba a resultar más fácil, diametralmente más simple: ahora el expedito solar les permitía mayores concesiones. Sólo un inconveniente, nimio si se quiere, reestructurar el proyecto y, con los cambios practicados, volver a solicitar la licencia de obras. Sin impedimentos ya, las cosas vendrían rodadas. Las posibilidades de negocio, por la ausencia de limitaciones, crecían de modo exponencial.

 
Aquello que vio, fue un tremendo mazazo. Daba la impresión de haber sido víctima de un terremoto, de esos de grados elevados en las escalas a uso, pues jamás pudo imaginar tanta destrucción. Todo el edificio, sin excepción, estaba ahora en el suelo. No quedaba pared alguna en pie. Aquello por lo que tanto habían luchado, a lo que tanto tiempo le dedicaron, se convirtió ahora en un baldío solar lleno de escombros del que, de no actuar con cordura – difícil empeño –, nada se conseguiría recuperar. Allí estaba, lo que siempre habían denunciado. La desidia, el paso del tiempo y alguna que otra mano imprudente, se cebaron insensiblemente con el edificio y, como colofón de tan osada asociación, sólo quedaba un amasijo de escombros. A partir de aquel momento, pasaba engrosar la triste y desgraciada nómina del producto de la dejadez, y por qué no, la preponderancia de los intereses particulares sobre los de la población. Otro más, dentro de un amplio conjunto, de los vestigios de la historia de la ciudad arrojados a la escombrera.


Triste día. Sólo, los materiales gráficos – abundantes por fortuna – permitirían, a partir de aquella ingrata fecha, conocer una parte de su Historia a las generaciones venideras y, por el mismo precio, conocer también cómo, la desidia y la desfachatez humana, dan pábulo a la destrucción: ahora ya era tarde, el edificio ya no ocupaba el lugar en el que siempre debió de permanecer.

 
Nada iba a ser igual a partir de aquel fatídico día, una fecha que formaría parte de los anales de la historia de la depravación y la irresponsabilidad de quienes, de manera voluntaria, acceden a un cargo público para defender lo general frente a lo particular; sin duda, los hechos lo evidenciaban, la oración se volvió por pasiva.
 

El aire que llegaba a sus pulmones daba buena cuenta de ello, polvo y polución procedente del desgraciado derrumbe. Por eso, decidió dejar para mejor ocasión, la necesaria oxigenación de sus células, al menos, en su aspecto supletorio. O, y para así evitar el atropello, buscar otro lugar, alejado de allí – donde nada podía hacerse ahora – para renovar el aire viciado que contaminaba sus pulmones.


                                                                              IV


El sonido penetrante del despertador sonó en su cabeza, con toda la intensidad que jamás pudo imaginar. De un salto bajó de la cama, con una extraña sensación, no sólo por la pesadilla a que se vio sometido, sino porque ya había amanecido.

 
Sin duda, había olvidado cambiar la hora de reloj, que se había adelantado la noche de sábado a domingo. Corrió, con la sensación de desazón que provoca el retraso, hacia el cuarto de baño y se introdujo en la ducha. Cuando abrió el grifo, y el agua mojó todo su cuerpo, a pesar del retraso, advirtió una placentera sensación. Se frotó el pelo con el champú y, sin apenas parar, hizo lo propio con el resto del cuerpo, al que añadió el gel. La fuerza del agua de la ducha retirando los restos de detergentes, le fue devolviendo a la realidad.


Mientras se secaba se dirigió, con evidente prisa, hacia la cocina. Una vez allí, abrió la nevera, extrajo una caja de leche y la sirvió en le interior de un vaso, que acaba de coger del escurridor. A la altura de la cintura, rodeó su abdomen con la toalla, que trabó para que no se cayese, evitando que le dificultase tomar el vaso de leche. Aunque normalmente tomase una buena taza de café, las premuras por el retraso del despertador, le hicieron desechar la idea.

 
Le bastó la leche, que tomó con fruición, depositando el vaso vacío en el interior del fregadero; ya habría tiempo, cuando regresase por la tarde, de fregarlo.


Corrió de nuevo hasta su habitación, sacó la ropa, que se puso con inusitada rapidez, y se fue la baño, donde tras lavarse los dientes y peinarse, se dirigió a la calle, en dirección al trabajo. Por la cercanía, no solía ir en coche; tampoco hoy, a pesar de las premuras. En cualquier caso, no fue directamente a su lugar de trabajo, sino que se desvió unos metros para, antes de continuar hacia el trabajo, pasar por allí. Conforme iba acercándose, su paso se iba acelerando, y con él, también su pulso y la frecuencia respiratoria. ¡Por fin!

 
Llegó y allí estaba, intacta. La casa, a pesar del deterioro provocado por los años y las desidia, se mantenía con sus muros en la más gozosa de las verticalidades. No como sucedió en su sueño o, con más rigor, es su delirante pesadilla. La casa, afortunadamente, no se había caído: todo fue, con incuestionable oportunidad, un mal sueño.
 

Dejó atrás, con notoria emoción la casa, ya bastante retraso llevaba. Ya no le cabía duda, pensaba, mientras caminaba hacia su lugar de trabajo. La decisión ya era urgente, más urgente que la pasada semana. Todo el trabajo que realizó durante el fin de semana, el que le propició tal pesadilla, tendría que culminar en lo que siempre habían reivindicado: la expropiación de la casa. De lograrse, pasaría a ser patrimonio municipal, es decir, de toda la población. Que se permitiese su uso generalizado, que por una vez al menos, el manido interés general se hiciese realidad, prevaleciendo sobre los particulares intereses, los que más allá de las monsergas en foros públicos, no pretenden sino el negocio, cuanto más y más rápido, mejor. Con mejor ánimo, y más serenidad en sus constantes, llegó hasta su puesto de trabajo, y se dirigió, sin dilación, hasta el despacho en el que, por la tardanza producida, habría de dar cumplidas explicaciones.

 

 

                                                                             * * *

 

* Leonilo Molina es colaborador habitual  de Infonortedigital  en Gran Canaria. Con él comparto muchas cosas,  destacando el amor al Patrimonio y la  lucha por su defensa. Cuando me dedicó el cuento “LA CASA” me pregunté dónde había encontrado la información necesaria para su escrito,. La respuesta llegó rápida al recordar que Leonilo es un visitante asiduo de la magnifica página web del Aula Gerión. Sin haber  pisado Sanlúcar, Leonilo había descubierto su Patrimonio Histórico  y se  comprometía  con su defensa. En la última concentración contamos con su presencia y colaboró en la recogida de firmas.

Compañero, ojalá que tu sueño se convierta en realidad y pronto Arizón sea el equipamiento Cultural e Histórico que la ciudad necesita. Basta ya, de dejadez administrativa y salvemos Arizón.

 Esperanza Serra.


 

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