Aula Gerión

Asociación para la defensa del Patrimonio Histórico - Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

 

 

 

IV Premios a la Conservación del Patrimonio Histórico

 

otorgados por Aula Gerión

 

 

 

Presentación

                                                                                                                           Por Álvaro Girón Sierra*

Es un honor inesperado haber sido invitado por Aula Gerión para dirigir unas palabras en esta entrega de premios. Honor inesperado porque mi profesión –soy historiador de la ciencia- se aleja bastante del perfil que cabe suponer a un experto en patrimonio o historia del Arte. Tampoco me he internado en la apasionante historia local sanluqueña, pecado capital al que, por cierto, pienso pronto poner remedio. Aunque a algunos les sorprenda, Sanlúcar también fue importante en la Historia de la Ciencia española. Así que sería poco honesto empezar a glosar los méritos de los premiados desde la altura de un supuesto conocimiento que no poseo. Hablaré, por tanto, desde el corazón, como un ciudadano más, siendo mis opiniones como tal del todo discutibles.

Para mí éste es un acto muy importante. Más importante que todos los congresos y conferencias científicas a las que haya asistido, porque aquí no se trata de arcanos académicos sino de algo bastante más relevante: el coraje cívico, la puesta en marcha de una voluntad colectiva empeñada en vivir una vida que merezca ser vivida, no sólo para nosotros, sino también para los que han de venir. Vistas así las cosas,  creo que todos los asistentes estarán de acuerdo conmigo en que se trata de una de esas raras ocasiones en que podemos sentir un legítimo orgullo ciudadano. Aula Gerión, asociación ejemplar, ha permitido alumbrar a los sanluqueños, a los que tenemos raíces sanluqueñas, o a los que simplemente están enamorados de Sanlúcar, la esperanza de que no todo está perdido, que no todos están dispuestos a aceptar con un silencio cómplice la destrucción de una ciudad clave en el devenir histórico de dos continentes.  Y resulta especialmente emocionante ver como estos valientes, de los que nos sentimos particularmente orgullosos, saben premiar a los mejores, a aquellos que siguen empeñados en demostrar que es posible mantener en pie nuestros recuerdos en forma de casas, palacios y bodegas.

Casas, palacios y bodegas que han sido sometidos a una devastación sin precedentes en el último decenio. No haré el recuento de los caídos y mutilados, que cualquiera puede leer en los demoledores informes del Aula Gerión, pero si me gustaría poder compartir con todos mi propia experiencia con respecto a Sanlúcar y su patrimonio en los últimos treinta años. Yo no soy natural de aquí, vengo de una ciudad, Valladolid, que ya sufrió, a causa del crecimiento industrial y urbano desordenado de los 60, una enorme destrucción cuyas heridas aún hoy son bien visibles. Me siento, sin embargo, tan cercano a Sanlúcar que yo no podría concebir lo que me quede de vida sin estar cerca de la broa del Guadalquivir, sin sus atardeceres y sus ponientes. Quizás porque vengo de una familia que constituye un ejemplo vivo de aquel afortunado mestizaje entre norte y sur tan sanluqueño, y que constituye uno de los factores que explican por qué Sanlúcar es tan especial, tan difícil de reducir a los acostumbrados tópicos de trazo grueso que interesadamente se asocian con lo andaluz.

De hecho, los antiguos propietarios de la antigua Fábrica de Gas, de los que tenemos aquí presentes a mi queridísimo tío Francisco Girón, son el ejemplo de esa confluencia norte-sur, en este caso, entre aquellos navarros que vinieron a dirigir los destinos de una instalación industrial que daba luz a la Sanlúcar de principios del XX, y una familia sanluqueña que vivía del ya por entonces asentado negocio de la manzanilla. El negocio del gas se vino abajo allá por los años 20, entre otras cosas porque el ayuntamiento sanluqueño no se dignaba a pagar a sus proveedores –cosa en lo que parece no hemos mejorado mucho-, pero permaneció un espléndido edificio, y la determinación de una familia de echar raíces allí. Familia, que constituye un excepcional ramillete de sanluqueños, algunos de los cuales tuvieron que salir de Sanlúcar para brillar con luz propia en distintas profesiones y lugares del globo. Ahí está, sin ir más lejos, mi padre José Girón Tena, figura clave en el estudio científico del Derecho Mercantil en España, un verdadero gigante intelectual y hombre bueno, al parecer hoy olvidado por su propio pueblo. Tengo la firme esperanza de que algún día se le rendirá el justo tributo, si no en tiempo, al menos en forma.

Así pues, si yo tuviera la tonta presunción de autobiografiarme, no tendría otra opción que empezar por hablar de esa casa y sus habitantes, donde yo pasaba largas temporadas veraniegas. Tampoco podría dar cuenta de lo que soy sin esa experiencia fundacional en ese paraíso blanquiverde que era la Sanlúcar de los 60 y principios de los 70. Y digo verde, porque una de las singularidades sanluqueñas –aparte del primoroso y trabajoso encalado tan alejado de los engendros marronáceos con los que nos castiga cada pocos metros el narcoladrillo- era la existencia de un extensísimo manto vegetal que se extendía en líneas paralelas: por un lado las huertas del Barrio Alto y el espectacular arbolado que hacía de divisoria entre las partes altas y bajas de la ciudad; y, por el otro, la inmensa extensión de navazos que separaba la parte antigua del Barrio Bajo de las dunas de la playa. En el Mazacote, como sabéis, estábamos -como dirían los británicos- en espléndido aislamiento, rodeados de navazos –y un poquito de mugre, que todo hay que decirlo- casi por todas partes. Desde el punto de vista de un niño, ese era un entorno parecido al magistralmente descrito por Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. Nada tiene de extraño, pues, que en mi exilio más allá de Despeñaperros, no viera el momento de que llegaran las vacaciones para poder subirme a los árboles, perseguir a los pobres pitijopos, capturar camaleones -por aquello del cambio de color- o coger nueces, nísperos y damascos. Todo ello mientras perfeccionaba mi sanluqueño en la más perfecta inmersión lingüística, entre otras cosas porque en el Mazacote era muy conveniente saber que era un peluazo, más que nada para mantener más o menos intacta la chorla.

Desgraciadamente, en los últimos decenios hemos contemplado la desaparición de esa gran mancha verde, que dotaba a Sanlúcar de una de sus señas de identidad. Se nos puede decir que era inasumible que gran parte del centro de Sanlúcar lo ocuparan huertas y navazos, y que existían grandes necesidades de vivienda. Pero uno se pregunta si esas necesidades –reales o supuestas en su momento- debían necesariamente llevar a la desaparición prácticamente total de una joya de la agricultura como son los navazos de marea. Y por el otro, uno se pregunta también por qué a esos cultivos únicos no les ha sustituido una miserable zona verde que merezca el nombre de tal, constituyendo toda esa parte de Sanlúcar un continuo de hormigón francamente desafortunado. Uno se pregunta, también, qué pasó para lo que se supone que tenía que ser vía verde, la antigua vía del ferrobús, hoy se haya convertido en carretera cutre para solaz de los motoristas sin casco. Tampoco ayuda a aquietar el espíritu la perspectiva próxima de que aquello que nos queda de intocado en la zona de Las Piletas, se haya convertido en el oscuro objeto de deseo de distintos proyectos -más o menos bienintencionados-, que vendrían a dar la puntilla a esos restos de la Sanlúcar salvaje. Voy a ser clarísimo: me parece la enésima barbaridad plantar la Feria allí. Proyectos, además, precedidos por el auténtico mamarracho que están haciendo en la línea de costa, derribando o deformando los viejos chalets, y, sobre todo, construyendo unos lamentables edificios de varias alturas que obstruyen prácticamente en su totalidad la maravillosa visión del Coto desde la Cuesta de la Jara. Ése es el tipo de barbaridades que tenemos, de una u otra forma, que parar.

Pero vayamos del verde al blanco. También desde muy pequeño, aprendí a amar la parte vieja de Sanlúcar. En un primer momento, porque ir del Mazacote al Barrio Alto o Bajo tenía siempre algo de gran aventura para un niño. Recuérdese que hace treinta-cuarenta años la zona era, por así decirlo, una suerte de antigua periferia industrial –ahí están  la Almona o la propia Fábrica de Gas-, y que salir de allí requería durante no poco tiempo cierta habilidad para sortear o salir del barrizal. Y que vivíamos en un mundo infantil casi completo en sí mismo, rodeados de animales, plantas y una libertad de la que ahora, desgraciadamente, no pueden gozar los más pequeños.  De hecho, era el propio lenguaje el que delataba nuestra conciencia de vivir en un sitio que se nos antojaba a las afueras de la civilización. Así, todo lo que suponía pasar la barrera del arroyo de San Juan e internarse más allá de la Plaza del Pradillo era “ir al pueblo”. Ir al pueblo, en efecto, es lo que hacíamos las mañanas de domingo tras la misa en Capuchinos, cuando nos acercábamos en bici para comprar carmelas en Pozo o granizados en La Ibense o cuando íbamos a ver salir a los Estudiantes en Semana Santa. La visita al Barrio Alto se solía justificar cuando se acudía por una variedad de motivos a La O, o cuando había una gestión bodeguera de por medio. Quizás el recuerdo más vivo que tenga, más tempranamente ligado a ese ente evanescente, indefinible, pero real que llamamos belleza sea el artesonado mudéjar de La O, que junto a las imágenes siempre vivas de las dunas del Coto, la portada plateresca de San Pablo en Valladolid, o los roquedales abruptos de las montañas que rodean a Durango, se asocian, en mi caso, a esa primera emoción estética que a todos nos marca de una manera indeleble.

Ir al pueblo era también lo que hacíamos, con no pocos humos, cuando con 12 o 14 años y libres de la tutela de nuestros padres, nos dirigíamos ilusionadísimos a ver a Maciste el Coloso, la enésima versión de Tarzán o al último spaghetti western al Apolo, al Principal, o al lloradísimo Cinema. Esa nueva independencia le permitía a uno explorar por su cuenta los ejes vertebrales de la trama del casco histórico sanluqueño. Trayectos peripatéticos en los que disfrutaba de los aires bodegueros de la hoy justamente premiada Sánchez Ayala, o las hoy tristemente desfiguradas Banda Playa y calle de la Plata. Más mayorcito, mi radio de acción se fue extendiendo, con lo que Bolsa, Trasbolsa, San Agustín, Caballeros, Carril de San Diego, Almonte, empezaron a hacerse habituales en mi vocabulario. No sólo era tal o cual monumento el que me llamaba la atención, era la atmósfera, el magnetismo del conjunto el que me cautivaba.

Magnetismo que no poco venía de ese continuo indisoluble que era –y ha de seguir siendo- la viña, el vino, las bodegas de Sanlúcar. Yo, como muchos sanluqueños o personas con raíces sanluqueñas, hemos llegado a la afición por el vino casi por leche materna (espero, por cierto, que no me esté escuchando la ministra de Sanidad,  no vaya a ser que cierre el Palacio Ducal). Algunos de los aquí presentes sabrán de la relación de mi abuelo con la firma Florido, o de que mi familia era la modesta propietaria de viñas y de una bodega en la Plaza del Pradillo, augustamente presidida por la hoy premiada Casa Moreda.

Si tengo que hacer un esfuerzo de memoria, son realidad las andanas con sobretablas, uno de mis recuerdos más antiguos. Y los olores, no sólo de las manzanillas, sino de los amontillados, a los que sigo teniendo una inmoderada afición, que con la que está cayendo algunos verían como perseguible de oficio. Sanlúcar, de hecho, era no hace tanto un festival de aromas en que se mezclaban la dama de noche, el jazmín y las inimitables varahadas de bota vieja y vino. Y finalmente, las viñas de Sanlúcar, un patrimonio tan importante como los grandes terruños y pagos bordeleses y borgoñones –y que debieran merecer exactamente el mismo respeto-, fruto de la naturaleza, y del trabajo primoroso de los agricultores sanluqueños. Viña que, ya desde principios del XIX, suscitaba la admiración de los hombres de ciencia y letras, como en el caso de ese gran botánico, agrónomo y enamorado de Sanlúcar que fue Esteban de Boutelou, al que cito:

“No puede menos de sentir el viajero Agrónomo a vista de las opulentas viñas de Xerez y Sanlúcar aquella impresión augusta y casi religiosa que experimenta el Artista al descubrir entre las ruinas de Tebas y Palmira soberbias columnas y trozos enteros de Arquitectura que atestiguan la perfección del Arte, y la grandeza y gloria de aquellas capitales. En efecto, debe mirarse el cultivo que allí se da a la vid, como uno de los mas preciosos monumentos de nuestra Agricultura…”

Pasada la juventud, llega ese momento en que el paso del tiempo pone a cada en su sitio. Y es en ese difícil tránsito donde pude aquilatar lo que para mi significa Sanlúcar. Desgraciadamente, es la muerte de los seres queridos la que te suele hacer mirarte ante el espejo de manera diferente. No sólo porque la noción de que estamos de paso se convierta en algo abstracto, en algo sentido y vivido, sino porque algo de ti mismo se va con los que no están: lloramos por ellos, pero también por nosotros. Y es que uno no es nunca uno solo, sino que es, sobre todo, las relaciones únicas e irrepetibles que mantiene durante unos años con padres, tíos o amigos. Por eso nos aferramos a la memoria, para mantener ese diálogo de alguna forma, y  también para tener la ilusión de no haber perdido esa parte de nosotros para siempre. Y en ese ejercicio tan humano del recuerdo, ocupan un papel principal los espacios compartidos. Eso lo supe, de la manera más brutal, el día que vi la Fábrica de Gas convertida en escombros.  Es entonces cuando sentí cómo a la amputación que supone la pérdida, se sumaba ahora el asesinato de tus más queridos recuerdos reducidos a ladrillo machacado: era como morir dos veces. Confieso que cuando paseo ahora por determinadas calles del casco histórico y veo las canalladas que todavía, a día de hoy, se están perpetrando sin que nadie pare los pies a los responsables, se reproduce ese mismo sentimiento de rabia, impotencia y tristeza.

 Esa es la razón por la que de veras siento y pienso que la defensa del patrimonio es un tema anterior, primordial, que precede a la política, que hunde sus raíces en cosas más básicas, que tienen que ver mucho más con los principios éticos más elementales que con una u otra opción partidista. Es algo que pueden comprender  y sentir –y de hecho comprenden y sienten en el resto del mundo civilizado- desde un general de la OTAN a un comunista libertario, desde un feroz librepensador al más incontinente de los capillitas. Se trata de esa cosa tan sencilla de entender, que se ha de respetar en lo posible la voluntad de los muertos, intentando preservar e incluso mejorar aquello que se ha recibido para que lo disfruten los que han de venir. Se trata de no romper esa cadena invisible, algo tan básico y universal, que es ampliamente compartido por todas las culturas. Por eso es no sólo estéticamente impresentable, sino éticamente soez lo que ha pasado con esta ciudad en los últimos años ¿Cómo es posible que lo preservado con mimo durante cientos de años, se haya desfigurado o destruido en tan poco tiempo? ¿Cómo es posible que los sanluqueños de la presente generación, o los que amamos a Sanlúcar, hayamos dejado que esto suceda? ¿Qué derecho tienen unos pocos a borrar de la faz de la tierra el material mismo sobre el que se construye nuestra memoria?  ¿Seremos capaces de dejar, como único rastro, a nuestros hijos y nietos una ciudad despersonalizada, un desafortunado y hortera cruce entre Marina d’Or y las Tres mil viviendas?

Afortunadamente, Sanlúcar es todavía una realidad espléndida, a pesar de las sórdidas mutilaciones. Ahora bien, y no por saldar cuentas, sino para intentar impedir que nos vuelva a pasar algo semejante, hemos de reflexionar en voz alta y preguntarnos cómo hemos llegado al actual estado de cosas. La primera cuestión es cuándo comenzó todo esto. Respondiendo a esta pregunta, no le falta razón a mi amigo Carlos Montoya, aquí presente, cuando afirma que si de barbaridades hablamos, tendríamos que irnos a muchos años atrás. No hay que ser un lince de Doñana para ver cómo hay determinados horrores que nunca se debieron construir en la calle Ancha, o que mamotretos como el Hotel Guadalquivir o Los Infantes han alterado de manera catastrófica las espléndidas vistas que Sanlúcar tenía desde Capuchinos o desde este mismo palacio. Pero lo que está pasando ahora mismo es distinto en cantidad y calidad. Los números cantan: son decenas los inmuebles derribados o deformados hasta el ridículo en el último decenio.  También hay que hablar de la entidad de lo destruido: mucho de ello se suponía que estaba protegido legalmente y tenía un valor histórico-artístico indudable. Es la propia coherencia del casco histórico, su entramado global el que ha sufrido un golpe indeleble. Y lo más sangrante es que esto ha sucedido en un momento en que los consistorios no sólo eran democráticos, sino que han gozado de un techo competencial sin precedentes en la Historia de España. Duele decirlo, pero nada de esto hubiese pasado si los legítimos representantes del pueblo no hubieran mirado para otro lado.

Sanlúcar no es la excepción: una serie de informes procedentes de instituciones de gran peso, como son el Parlamento Europeo o la propia ONU, han sacado a la luz la vergonzosa devastación que el ladrillo está infligiendo al patrimonio histórico y natural de España.  En mi opinión, lo más preocupante no es la corrupción, que no deja de ser un tema extraordinariamente importante, sino la dependencia de un modelo de crecimiento económico íntimamente ligado a la depredación insensata de nuestra herencia más valiosa. Algo insólito en el contexto de la Europa civilizada. Ahora bien, decir que lo que nos pasa también pasa en otros sitios de la piel de toro es francamente un consuelo de tontos. En nuestra ciudad tenemos que añadir, desgraciadamente, el hecho de que la lacra del narcotráfico alcanza una dimensión mayor que en otros enclaves costeros. Y uno no puede reprimir la sospecha de que las pingües ganancias se acaban canalizando en la actividad inmobiliaria, por muy honrados que puedan ser la mayoría de nuestros promotores y constructores. Son temas de difícil solución, pero que exigen de los poderes públicos una actitud bastante más firme, menos tibia. Creo que muchos compartirán conmigo la convicción de que lo que hace falta en Sanlúcar es aquello de “cumplir y hacer cumplir las leyes”. Que aquí también exista el estado de derecho. Y ello, claro está, incluye al urbanismo.

Pero no basta el temple moral o la convicción de que no podemos seguir así. Es del todo obvio que la defensa del patrimonio requiere la restauración de la dignidad democrática, es decir, que volvamos a tener la seguridad de que nuestros cargos públicos realmente nos representan, y no sólo a determinados grupos de interés asociados a la especulación inmobiliaria. En esto necesitamos un cambio radical, y no sólo en Sanlúcar. Pero también es cierto que, aún en las mejores condiciones desde el punto de vista de la salud de nuestro sistema democrático, el mantenimiento de un patrimonio histórico tan importante como el sanluqueño es una tarea ímproba. Vuelvo a la experiencia personal. Para mí la antigua Fábrica de Gas y su jardín eran el paraíso terrenal, pero constituía un tremendo quebradero de cabeza para los adultos. El mantenimiento de un inmueble tan grande requería continuos desembolsos cada vez más onerosos. La lección que he podido sacar de todo ello es que si se quieren mantener nuestras grandes casas y palacios, es prácticamente imposible –y hasta cierta medida injusto- que dejemos caer todo el peso sobre los hombros de las familias propietarias. No se cuál habría de ser el sistema de ayudas a implementar, o el sistema de financiación, pero es claro que en esto hay mucho margen de mejora.

Por otro lado, y también partiendo de esa misma experiencia personal, se hace cada vez más patente, que los usos de esos viejos inmuebles se han de adaptar a las nuevas estructuras familiares. Hace cincuenta años hablábamos de casas habitadas por familias que excedían en no pocas ocasiones la decena de individuos, y que respondían a un modelo de familia extensa hoy en vías de extinción. Dichos inmuebles estaban adaptados a un modo de vida en que la autoridad patriarcal –del abuelo, del padre, del hermano mayor- raramente se discutía, aunque en no pocas ocasiones la gestión del día a día estaba en manos de mujeres ejemplares. Yo no me puedo quejar. He vivido en una de estas grandes casas rodeado de primos y tíos, he sido querido por todos, y de todos he aprendido algo. Pero también soy consciente que es una historia que está viviendo su final aquí y en casi todas partes. Todos sabemos que la mejor forma de conservar esa rica herencia es que esos inmuebles no se mantengan como reliquia, sino que sean habitados y vividos. Las soluciones no son fáciles, y no pueden partir de un modelo prefijado, sino que tienen que ser aquéllas que se ajusten mejor a la naturaleza de cada edificio. Desde este punto de vista, las rehabilitaciones ejemplares premiadas por Aula Gerión, en la calle Alcoba, San Agustín y San Juan, revelan necesidad de abordar la cuestión de una manera muy plural.

Y si de la arquitectura popular tradicional hablamos -tan importante para la integridad de la trama urbana como los grandes monumentos-, el problema es otro, pero no menos peliagudo, y es el de la carencia de los servicios más esenciales. A todos nos encanta pasear por ese Barrio Alto lleno de sabor y autenticidad, pero no podemos culpar a los residentes por querer abandonar unos domicilios en muchos casos insalubres. La rehabilitación de los inmuebles, para que gocen de un nivel parecido de servicios a la vivienda nueva, aquí se vuelve imperiosa por dos motivos fundamentales: por un lado, la importancia clave que tienen estas modestas viviendas en el mantenimiento de la traza original del conjunto histórico sanluqueño; y, por el otro, conseguir que esa extensa zona de nuestra ciudad histórica no quede envejecida y despoblada, lo cual constituiría su segura muerte. Por otro lado, piénsese que una rehabilitación respetuosa de nuestro casco histórico –alejada del pastiche, claro- daría una no pequeña carga de trabajo para nuestros honestos y laboriosos constructores. Considérese, también, que si se optara por la vivienda social, podría ser una forma de fijar población joven allí, contribuyendo a paliar un grave problema que está en boca de todos. Es aquí donde se revela hasta qué punto un urbanismo, que merezca tal nombre, es un instrumento decisivo en cualquier política de bienestar.

Tampoco es tarea fácil abordar el asunto de nuestras queridas bodegas. Mucho se puede discutir sobre las causas de la larga crisis del negocio del vino. Uno tiende a pensar que hay algo profundamente erróneo en un modelo de negocio que prima el volumen sobre la calidad, pero se me dirá con justicia que es muy bonito ver los toros desde la barrera. Sean cuales sean las causas, lo cierto es que los números rojos, y unas perspectivas que indican que aún se producirá un ajuste nada suave en forma de concentración empresarial, no es el mejor escenario posible. Y evitar la tentación de vender activos –en forma de cascos de bodega situados en el mismo centro- se está convirtiendo en una tarea cada vez más ardua. Es del todo evidente que a nadie se le puede obligar a continuar en un negocio que sólo le produce deudas, pero no es menos cierto que las administraciones públicas han de coger el toro por los cuernos y dotar de protección legal a nuestros mejores cascos de bodega, de forma análoga a lo que se ha hecho en El Puerto de Santa María. Lo contrario sería aceptar más que tácitamente la segura destrucción de la trama que hasta ahora ha dado sentido a Sanlúcar. Cosa distinta es buscarle otros usos a aquellos edificios bodegueros que hayan cesado su actividad como productores de manzanilla. Aquí habría que observar con mucho cuidado qué se ha hecho en Jerez de la Frontera, y ver sí las fórmulas aplicadas –ya sea en forma de lofts o de centros comerciales- podrían tener utilidad también aquí.

Dicho esto, permítanme que no comulgue con ruedas de molino en forma del nuevo mantra de bodegas fuera-pisos dentro, como si las primeras fueran industrias contaminantes y haya que llevárselas cuanto más lejos mejor. Es la definición misma del pan para hoy y hambre para mañana. Creo que es un inmenso error que nos costará caro a todos los sanluqueños, bodegueros incluidos. No voy a entrar en detalles técnicos sobre la elaboración de la manzanilla, entre otras cosas porque aquí presentes hay personas muchísimo más competentes para hablar de ello. Pero todos convendremos que en la manzanilla, a diferencia de otros vinos, tan decisiva es la viña como el casco o los cascos de bodega en los que se ha criado. Nuestras grandes soleras no son independientes de los edificios que las albergan. De hecho, el pajolero velo de flor no cría igual en el Barrio Bajo que en el Alto, en las andanas más próximas a la mar que en las más alejadas, en las botas que se arriman a un pozo o en las que están cerca de un ojo de buey, en los toneles que besan el propio albero o en las botas situadas en tercera. Cualquiera que haya hablado con uno de nuestros sabios capataces, se dará cuenta que todo está en un delicadísimo equilibrio cogido con pinzas. Son este tipo de cosas –únicas, sutiles y frágiles- las que sitúan a los vinos sanluqueños entre los mejores del mundo. Y se nos quiere contar el cuento de que llevarse las bodegas tierra adentro, a kilómetros de las zonas tradicionales de producción de la manzanilla, no ha de tener efecto en nuestro oro líquido, nuestro mejor patrimonio en olores y sabores. A este paso, tratarán de hacernos creer que da igual la manzanilla de la calle Trasbolsa que la de Lebrija, ¿O quizás de Almendralejo? Como dicen los castizos: a otro perro con ese hueso.

Independientemente de que crea que el Consejo Regulador debiera tomar cartas en el asunto con respecto a la manera tan divertidamente creativa que tienen algunos de entender lo que constituye “la ciudad de Sanlúcar”, haciendo mofa del espíritu articulado en el Reglamento de la propia Denominación de Origen, hay otra cuestión no menor ¿En que quedarán todos esos golpes de pecho sobre el turismo enológico que de vez en vez se dan nuestros políticos, si hacemos desaparecer de la faz de la tierra verdaderas joyas de nuestra arquitectura industrial perfectamente integradas en nuestro casco histórico?  Téngase en cuenta que las firmas del Marco cada vez viven más de los atípicos en forma de celebraciones y visitas a las bodegas. Y desde ese punto de vista, sustituir edificios históricos, llenos de personalidad, por impersonales y funcionales bodegas, es otra forma de asegurarse el harakiri, porque serán muy pocos los que se quieran dejar caer en las segundas. Es posible que la desesperación que provoca la desfavorable coyuntura económica en el Marco nos impida ver la realidad, pero no hay duda que el mantenimiento de nuestros cascos de bodega allí donde están, dando sentido a la vieja Sanlúcar y a su vino,  es mucho mejor negocio a la larga. A la larga sí, que ni a la manzanilla, ni a la ciudad, ni al sector en sí, le hacen ningún bien los pelotazos inmobiliarios subvencionados con el dinero del contribuyente. Y es aquí donde vienen al pelo unas sabias palabras de don Manuel Barbadillo, cuya lectura pausada convendría a algún flamante bodeguero:

“Lo mal construido se deshace pronto, se viene al suelo con la rapidez de lo accidental; y los negocios no se forman ni se crean sujetos a la frontera de una temporada, ni con vista a unos cuantos meses de regodeo o de engaño deportivos… Deben aspirar a cifras de siglos: a ser espejo del mismo producto que manipulan y pregonan. Pensar que después de una cosecha viene otra, que tras una generación aparece una nueva… y debe ser agradable, en la sucesión de tantos días por venir, verse considerado como recuerdo y como ejemplo”

 Voy terminando. Lo que se trata, en realidad, no es salvar una serie de edificios singulares, sino preservar lo que algunos ingenuamente suponíamos protegido desde el año 1973: el Conjunto Histórico de Sanlúcar. No se nos oculta que hay casos –como el del Palacio del Marqués de Arizón o el de la bodega de Argüeso- que servirán de test, un test que, por el bien de todos, esperemos saque con buena nota la nueva Alcaldesa. Para muchos de nosotros representan las líneas rojas que no se deben pasar. Pero ello no nos debe hacer olvidar esa visión de conjunto, en que se han de incluir jardines –Botánico incluido, claro está-, navazos, viñas y huertas. Como hemos visto, nos encontramos ante un reto no exento de dificultades. Pero ya hemos probado el ricino de la opción contraria: el de la destrucción de nuestro patrimonio, el atisbar su sustitución por una ciudad despersonalizada, ruidosa e invivible. Y no queremos volverlo a probar. Por otra parte, más allá de una cuestión ética, la defensa del Patrimonio es también la defensa de una de las mayores fuentes de riqueza con la que cuenta Sanlúcar, si no la más importante. Pensemos, pues, como piensan florentinos, cantabrigenses, abulenses o segovianos, que consideran con acierto que el mantenimiento de una trama urbana única es la condición misma de su supervivencia, su mejor negocio. Desde este punto de vista, Sanlúcar ha sufrido en los últimos tiempos un profundo e irreversible proceso de descapitalización. A pesar de todo, nuestra ciudad es, también desde este punto de vista, un tesoro. Pero también los tesoros se agotan. Razón de más para que los poderes públicos digan de una buena vez que se acabó el cuento de enriquecerse a costa de lo que es de todos. Y de que nosotros estemos siempre vigilantes para que así lo hagan.

Soy el primero, en fin, que lamento que mi presentación haya adquirido tonos tan críticos. Pero no creo equivocarme mucho al decir que casi todos los aquí presentes tenemos cosas parecidas en mente: son las verdades de Perogrullo. Además, he pensado que es la mejor manera de homenajear a los premiados, porque mantener en pie, cuidar, rehabilitar nuestro patrimonio -lo mejor de nuestro presente y de nuestros recuerdos- durante estos años de purgatorio es doblemente meritorio. Quiero que sientan que no están solos, que admiramos su determinación en unos tiempos en que hacer lo correcto parece cosa de locos. Estos premios son la mejor manera de que sientan nuestro aliento cómplice. Complicidad con la que contarán siempre. Estamos en deuda con vosotros. Gracias, muchas gracias por amar a Sanlúcar.

 En Sanlúcar de Barrameda, a 30 de junio de 2007

 

* Álvaro Girón Sierra es historiador y científico titular del Departamento de Historia de la Ciencia de la Institución Milá y Fontanals-CSIC de Barcelona

Texto leído en la Presentación del acto de entrega de los IV Premios a la Conservación del Patrimonio Histórico concedidos por el Aula Gerión.

 

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