Aula Gerión

Asociación para la defensa del Patrimonio Histórico - Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

 

 

 

V Premios

 

Conservación del Patrimonio Histórico

 

Aula Gerión

 

 

 

Presentación

                                                                                                     Por José Ramón Sierra Delgado*

 

Estimada Presidenta, señoras y señores, queridos amigos:

 Me gustaría que estas palabras de presentación de este acto de entrega de premios, a la que gentilmente me invita el Aula Gerión, sean, en primer lugar,  de agradecimiento por la invitación, y de apoyo y reconocimiento a la dura y frecuentemente incomprendida e ingrata tarea desarrollada por este pequeño, pero gran grupo de sanluqueños, de nacimiento o adopción, en permanente vigía y salvaguarda de un patrimonio urbano y paisajístico de profundos valores ahora en definitivo trance de desaparición. Porque mientras hasta ahora sólo un desastre natural, como un terremoto o una inundación, o accidentes de excepcional importancia, como un incendio masivo, quizá una guerra, podía terminar con una ciudad o un barrio entero, ahora un solo proyecto de urbanismo o arquitectura puede transformar por completo grandes áreas urbanas, arrasando de un golpe no sólo su posible histórica configuración física, sino también los depósitos de memoria histórica en ellas depositadas. ¿Cuánto tiempo hubiera necesitado una población como Sanlúcar, en los siglos XVIII o XIX para producir la transformación urbana importantísima que casi en un par de años viene ahora produciéndose entre Sanlúcar y La Jara? Las tropas napoleónicas de ocupación, en un ambicioso programa de renovación higienista del viejo tejido urbano sevillano de raíces islámicas, deciden demoler, y demuelen, como otros conventos e iglesias, algunos de ellos para ser convertidos en plazas, en una inmensa ciudad que sólo tenía una, el gran Convento de San Francisco que ocupaba por completo, como sabéis, la actual Plaza Nueva. Obligados, poco después del derribo, a abandonar Sevilla, dejaron los escombros sobre el solar. Los sevillanos, ya en solitario, en un portento de diligencia y capacidad, tardaron treinta años en retirarlos para limpiar el sitio. Hasta más de un siglo después no se terminaría la configuración de la plaza.

El proyecto extensivo de carácter unitario, como el propuesto por Balbino Marrón para esa plaza sevillana, había sido una antigua aspiración de tradición barroca ya ensayado en las grandes operaciones urbanísticas papales en Roma, de raíz aún anterior, como se aprecia, por ejemplo en la plaza ducal de Vigevano, todavía de finales del XV, al mismo tiempo en que el III Duque de Medina Sidonia, por mano de Estupiñán, toma Melilla, y alcanzando su mayor potencia figurativa en las transformaciones ilustradas, pensemos, por ejemplo, en el París postrevolucionario, como un eficaz instrumento de dotar a la ciudad de escalas estructurantes adecuadas. Sin embargo, la inevitable uniformidad de los proyectos extensivos contemporáneos aplicada sobre delicados y complejos entornos urbanos antiguos en los que la diversidad y el contraste son componentes esenciales de sus configuraciones producidas también por múltiples actores, no una única promoción, durante períodos muy dilatados de tiempo,  y no de golpe como ahora, se convierte en uno de los más peligrosos factores en la transformación de la ciudad histórica. La consideración del parcelario como bien patrimonial a mantener, imposibilitándose, por ejemplo, la unificación y segregación de parcelas es tutela que incide sobre estas cuestiones. Durante los tres años recientes en los que he sido miembro de la Comisión de Calidad del Ayuntamiento de Barcelona para el Ensanche y la Ciudad Vieja, no dejé de manifestar mi asombro por el hecho de no estar protegido el viejo parcelario gótico, confiándose a la arquitectura, a la buena arquitectura de ahora, la toma en cada caso de las decisiones adecuadas y rechazándose, así, la posibilidad de una norma común.

Quizá algunas sociedades puedan confiar, y confían, en su arquitectura, que ha probado largamente su capacidad de liderazgo y la competencia en su servicio, mientras otras, con razones, desconfían, necesitando más normativa que al menos garantice, si se cumpliese, un mínimo en la salvaguarda del interés común. Pero la propia norma debe ser igualmente vigilada: primero en su creación y su carácter, después, en su aplicación y cumplimiento. Y como tantas veces se ha demostrado en tan próximos entornos municipales nuestros, los tiempos rápidos del urbanismo moderno son difícilmente controlables contando solo con los ciclos lentos de las administraciones y la vida públicas.

Estar atentos en permanente vigilia, como pretende este Aula, representa, en mi opinión, la elemental e imprescindible posición cívica de participación y corresponsabilización en la gestión de algunos de los asuntos más trascendentales en la configuración de la presente y futura Sanlúcar, la ciudad romántica y popular de la que nosotros milagrosamente algunos restos llegamos a conocer y que nosotros, desgraciadamente, no lograremos llegar a transmitir a nuestros descendientes. Como si el destino y la diferencia de tiempos a la que antes me refería, nos haya colocado obligatoriamente en este antipático e insólito lugar de la historia, en el que muchos, abrumados aunque quizá disgustados, terminan pronto por acomodarse sumisos. Mientras que otros no se resignan.

Vuestra vigilia es posicionamiento responsable respecto a cuestiones vitales para los intereses de la comunidad, participación activa en la vida pública de la ciudad, y la ciudad, desde su denominación griega, como polis, le confiere un inevitable y nobilísimo sentido político a esta tarea. Corresponsabilidad y colaboración con los poderes públicos, tantas veces más atentos a otras visiones, a otras preocupaciones, quizá a otros intereses. Frecuentemente a visiones de tiempos cortos y resultados rápidos. Otras visiones y versiones de la ciudad que han sido origen de la preocupante deriva urbanística actual. Escasez y precariedad de la finanza municipal, intereses inmobiliarios especulativos, falta de planificación y control urbanístico, y, sobre todo ello, la ausencia de cualquier atisbo de proyección cultural colectiva, algo así como las aspiraciones del ámbito privado, un horizonte mitad de sueños y mitad de legítima ambición sobre la que construir casi todo lo demás: lo que queremos ser de mayores, a quién queremos parecernos, qué cosas debemos corregir y cuales potenciar… En otras palabras, qué tipo de ciudad queremos llegar a ser, de qué va a vivir, como debe crecer y desarrollarse, que papel va a jugar en su futuro lo que fue su pasado, sus ancestros, su tradición, como incorporará en todo ello las ventajas y oportunidades que aporta la contemporaneidad… Creo que esta es la más noble de las posibles visiones políticas de la ciudad, o prepolítica si se quiere, por usar la expresión que utilizó mi ilustre predecesor en esta tribuna, el año pasado, Álvaro Girón. Todavía anterior a lo político, en efecto, si la consideramos surgida del sentimiento y la experiencia directa de la vida, del andar por la calle, de miradas cruzadas, del contacto con su gente. Noble hacer político del que la política usual se encuentra frecuentemente alejada o ausente, como si fueran otras las fuentes primordiales, como si esto poco o nada importase a nadie. Quizá tengan razón.

Por esto, esta ingrata labor desarrollada por estas asociaciones ciudadanas, de las que es ejemplo el Aula Gerión, no puede desarrollarse sin integrar entre sus objetivos principales el de la educación pública en los asuntos patrimoniales, sin la que no podrá germinar la imprescindible sensibilidad ante lo que, siendo patrimonio cultural, a todos nos pertenece y todos debemos defender como propio, por encima de su edad y su tiempo, de la propiedad privada a quien pertenezca, de la administración pública  de la que quizá dependa. Difícil, muy difícil tarea, impagable, que solo puede llevarse a cabo desde la pasión desinteresada, desde el verdadero amor que no puede medirse y también desde la pena, la rabia y la nostalgia ante pérdidas irreparables de la identidad de Sanlúcar que consideramos partes de nosotros mismos, a cambio de banalidad, a cambio de vulgaridad. Pérdida de lo que han sido sus rasgos mas definitorios de una personalidad especial, propia, para devenir un ejemplo más del urbanismo devastador del litoral andaluz. Finalmente se ha demostrado el error de los que creímos que poseer una de las peores playas de esta costa sureña, el lugar hasta hace poco de las mejores playas del mundo, Cádiz y Huelva, sería un seguro de salvación. Pero el monstruo de la salvaje explotación turística, de la peor arquitectura del ocio, de los pavorosos paseos marítimos, de los más horteras conjuntos residenciales, de los inmensos centros deportivos o comerciales surgidos como inexpugnable muralla al borde del mar ha necesitado seguir saciando su apetito. Monstruos y monstruos que tanta gente confunde fácilmente con la inevitable modernidad, con el sino inevitable del tiempo que vivimos. Con el sueño de la razón. Ninguna razón produce este expolio, este robo, este engaño. Esto no es ni razón, ni progreso, ni modernidad, ni accidente, ni destino. Es una desgracia buscada o permitida, un desastre por todos consentido. Es el fruto de la ineficacia, de la experiencia, de la inoperancia, de la desidia, de la codicia, del desinterés, de la incompetencia…de los políticos del gobierno y de los de la oposición, de los ayuntamientos, de los artistas y los arquitectos, de los poetas y los maestros, de todos nosotros…              

Para muchos sólo queda el frágil refugio del recuerdo.

Mis primeros recuerdos sanluqueños son de tangencias, cuando pasábamos sin rozarla camino de los largos veranos chipioneros, la torre de la O,  a la vuelta, siempre encima, anclando la ciudad que se derrama desde el Barrio Alto, entre el río y el mar. Después, ya más mayor, las excursiones con mi padre a quién tanto divertía la búsqueda de una silla o una butaca de caoba con asiento de rejilla. Todavía anda por casa de mis padres un cuadro inmenso procedente de a quién llamábamos cariñosamente los Tontitos, de una casa en la calle Baños con un patio y una yedra con la hoja más pequeña que recuerdo. El cuadro tenía un decorativo paisaje de árboles y vacas que parecía de los Barrón o Cortés y en donde yo descubrí otra pintura debajo. Sin que mi padre lo supiera, levanté pacientemente las vacas y el bosque, y apareció un seco y estirado personaje al borde de un río marismeño con una cesta flotando como por Bonanza y una mujer en el Coto que trata de alcanzarla, quizá Moisés salvado de las aguas del Nilo, ahora parece un torpe Esquivel. Recuerdo a  Lola la Churrasca, con su precioso corral, huerta y jardín, no sé si el mismo u otro al lado después repleto de rejas y gaditanos brocales de piedra. Y la casa grande y destartalada de los Quirós, como una verdadera casa semiabandonada donde todavía podían recorrerse los salones, el comedor, los dormitorios y la cocina con aquellas alacenas aún con lo que parecían restos de viejas cristalerías que siempre estuvieran allí; y la antigua casa de Rabadán, también en Santo Domingo, donde compré once preciosos dibujos de Sánchez Perrier, todos firmados y montados conjuntamente, cuando solo él y yo sabíamos quién era el autor, y no estoy seguro de si él realmente lo sabía; y de Vicente era también una de mis primeras piezas de Compañía de Indias, que yo soñaba traída por el Galeón de Manila hasta Acapulco, entre pimienta moluqueña y canela de Mindanao, desde Acapulco a Veracruz en burro, por el Camino de Asia mexicano y después hasta Sanlúcar en otro barco vencedor de un ataque de corsarios isabelinos. Fue también sanluqueña nuestra primera mesa de comedor y nuestra cama de recién casados, decó más francés que sanluqueño, que tenía una parte baja de madera rubia de raíz, que nos gustaba a mi mujer y a mí y, encima, unos complicados bronces dorados de ramas entrelazadas, que le gustaban a Luís Paporra, que era quién la vendía. Así que llegamos pronto a un acuerdo para dividirla, pero siempre tuve la impresión de dormir en media cama. Y tantas excursiones a Santa Adela de la Jara, la casa de la familia de Carmen, desde hace cuarenta años hasta llegar finalmente a Santa Clara de la Caridad, nuestra pequeña casa entre la viña y el palmeral, un lugar mágico donde antes había, lo recuerdo bien, un nido de culebras y un cañaveral. Han crecido moreras, aromos, jacarandas y cipreses, gigantes ya de veinte años que este año nos vuelven a preocupar. Alguno ha muerto ya. Y quizá renazcan las cañas y las serpientes. Todo cambia. Todos cambiamos, incluidos los vivos y los muertos y la vida social es cambio permanente. Nadie puede parar la vida de un pago ni de un vino y menos aún, la vida de una ciudad.

Y Sanlúcar es, para quien quiera aprender, un libro abierto al respecto. ¿Cuántas Sanlúcar han desaparecido o resisten aletargadas, enmascaradas. Amontonadas unas sobre otras?  ¿Quién conoce o presiente la Sanlúcar de las misteriosas covachas o incluso la Sanlúcar del XVII y el XVIII, la del barrio alto solo ocupado por una modesta arquitectura doméstica popular sobre la que primero crecerían, poco a poco, algunas casas principales ya de orgullosa fachada? Calles de perfiles quebrados y partidos, tan distintas a las actuales. Los cascos bodegueros se insertaron como pudieron, aprovechado quizá pequeñas bodegas familiares, iglesias y conventos. Surgiendo así otra Sanlúcar diferente, ya más cercana a nosotros. Recuerdo con emoción la primera vez que vi, por casualidad,  el alfarje policromado del viejo Santo Domingo entre botas y ahora de incierto destino: dos Sanlúcar seguramente muy distintas y quizá ahora a punto de desaparecer, ambas, arrasadas por una nueva diferente y, según todos los indicios, peor que ellas. ¿Peor en todo? Ningún vecino valorará solo su ciudad por la belleza de sus reliquias.

Por esto querría que, en segundo lugar, estas palabras fuesen de llamada a una reflexión crítica sobre algunas de las principales ideas que suelen utilizarse en este dificultoso y meritorio propósito. Dos me parecen especialmente significativas: la idea de generalización y la idea de conservación. La generalización consiste en la ligereza de pretender fórmulas generales que pueden ser aplicadas en circunstancias distintas, en distintas ciudades, en diferentes tratamientos patrimoniales. Y es fruto de la ausencia de un debate propio que incorpore todo lo que de particular y específico encierra cada problema analizado y sus propuestas de intervención. Se trata, en definitiva, de aceptar la condición compleja de cualquier situación inadecuada que deba ser corregida, por muy pequeño y sencillo que se nos antoje su enunciado. La misma crianza del vino nos lo recuerda permanentemente: Sanlúcar no es Jerez, ni Lebrija, ni Logroño ni Venecia. Con mayor o menor carga patrimonial pero con parecida complejidad de cada una de ellas. Complejidad se refiere a partes, a compuestos, a estructuras y elementos. A diversidad. Tantas Sanlúcar en Sanlúcar. Cada uno de nosotros llevamos dentro una o algunas de ellas. La Sanlúcar de los legendarios negocios fundadores, entre la luminosa Niebla y la neblinosa Borgoña, la Sanlúcar marinera y misionera, entre América y Sevilla, Sanlúcar agrícola y vinatera entre La Jara y La Algaida, la Sanlúcar de la historia y la leyenda, entre Tartessos y Montpensier, la Sanlúcar de las personas inolvidables, entre el Limbo de Toto y el Paraíso de Rafael… Y la fugaz provincia de Godoy transformó durante ocho años al río grande fronterizo en un manso y sinuoso estanque sanluqueño. Un raro crisol de opuestos caracteres y contradictorias circunstancias. Lo alto y lo bajo, enrejadas clausuras conventuales e infinitas llanuras de bajamares, las dos partes del mundo, Cádiz y Sevilla, como dijo el poeta, a la vuelta de cada esquina. Todo esto no puede ser pensado con fórmulas genéricas ni tratamientos estereotipados. No existen soluciones universales. Cada caso es un universo de peculiaridades. Cada casa es un caso, cada iglesia, cada bodega, cada barrio, cada convento.      

Por otra parte, pero en profunda relación con lo anterior, la idea de conservación se ha convertido en la reina de los estereotipos universales en la gestión patrimonial. Parece ser invocada como única y milagrosa panacea contra todos los males y peligros a los que se enfrenta la ciudad histórica, heredado relicario de bellezas, en su incierto pasaje a través del mar proceloso de la contemporaneidad. Como solitaria tabla de salvación avistada en el horizonte, a ella se aferran con fuerza ciega muchos bienintencionados creyentes en sus poderes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, de los estados de cosas, como diría Wittgenstein, que conforman y configuran la identidad compleja de la ciudad y del patrimonio cultural. Hace ya casi un siglo y medio que un arquitecto y diseñador inglés, un poco socialista pionero y un poco misionero de la cultura, definió la arquitectura con las más claras y cabales palabras: la arquitectura es, decía William Morris, cualquier modificación del medio ambiente para ser adaptado a las cambiantes necesidades humanas. Una magistral y ajustada aproximación a los objetivos y medios de uno de los oficios en los que parece depositarse mayores responsabilidades. Según Morris, por tanto, arquitectura es modificación, cambio, transformación, destrucción, en definitiva, del orden existente para generar uno nuevo donde haya desaparecido la desadecuación o inadaptación problemática que debe ser, siempre, identificada como origen. Nunca la arquitectura puede ser conservación, a no ser que sean solo pequeños momentos estratégicos dentro de una operación más amplia de transformación. Ni tampoco, por parecidas razones, puede ser restauración. Salvar Arizón, por ejemplo, significa, sin duda, su conservación. Y será, también sin duda, una conservación problemática porque Arizón existe como ajustado contenedor de una función doméstica y residencial que ya no será posible. Los riesgos de su rehabilitación, es decir, su habilitación a una nueva y para él desconocida función, serán problemáticos. A pesar de todo ello y a pesar de ser evidente que Arizón no es el Farnesio romano ni el Grassi veneciano, ni siquiera el Pilatos o el Bucarelli sevillanos, ni nada que se le parezca y a pesar de aborrecer la conservación como milagrosa y exclusiva idea matriz, no tengo la menor duda de que Arizón debe ser salvado de la barbarie. 

Será, entonces, pensarán los más fanáticos creyentes, que la arquitectura debe permanecer radicalmente al margen de los trabajos vitales de la ciudad relicario. Los habitantes solos, o ayudados por asociaciones como esta, o asistidos quizá por los políticos, pueden bastarse por sí mismos para gestionar las reliquias. Tal vez, en algún momento, pueda esto ser así. Tal vez ya lo sea o lo haya sido. ¿Cuáles de las obras hoy aquí premiadas son, en su renacer, fruto verdadero de la arquitectura o han sido por completo ajenas a ella o la han usado solo como mero trámite burocrático obligatorio?

A pesar de todo, a pesar de todos los pesares, la arquitectura ha sido uno de los instrumentos claves, si no la clave, en el largo y penoso proceso de pensamiento, creación y transformación de la ciudad tal como ha sido configurada en nuestra cultura. Creo que lo va a continuar siendo. Pero su compromiso con el patrimonio no será conservarlo, sino crearlo o acrecentarlo. ¿Cómo? Procurando o aspirando, con la legítima y saludable ambición del artista verdadero, que nuestras obras, los frutos de nuestro trabajo, puedan llegar a ser algún día considerados por nuestra comunidad, en un mundo ya globalizado, como nuevas aportaciones al patrimonio colectivo. Ninguna ciudad, ningún pueblo, aunque ocupe el último lugar de todas las estadísticas de progreso y bienestar, puede ser castigado a no poseer sus propios sueños.           

Y este será, además, el camino más claro en la imprescindible incorporación del arte contemporáneo en general, incluida la arquitectura actual, en el complejo universo patrimonial.

La arquitectura no trata de conservar nada, ni restaurar nada, ni mantener nada. Trata justamente de cambiar la realidad para mejorarla. Entiendo por arquitectura la buena arquitectura. Hay otras muchas cosas aparentemente, solo aparentemente para ojos distraídos, parecidas a la arquitectura, en realidad todas las malas arquitecturas, que son y han sido principales autores, colaboradores o cómplices distinguidos en todos los crímenes urbanísticos y patrimoniales cometidos. Destrucción significa destrucción y puede ser, como sabemos, una bella palabra cargada de connotaciones catárticas. Puede encerrar muy diferentes niveles de contenidos concéntricos o autónomos y dimensiones variables. La ruina de Arizón implica, seguramente, la pérdida, repentina o paulatina, de su original condición funcional, por ejemplo como residencia compleja, de crecimiento por yuxtaposición o adición, para residencia familiar y oficios de cargadores de Indias. Pero su posible rehabilitación para un nuevo uso implicará la violenta y definitiva destrucción de los lazos que determinaron su identidad arquitectónica. Y la arquitectura, la buena arquitectura, será el imprescindible instrumento de su transformación.   

Ni siquiera Venecia, quizá la ciudad que más se ha acercado a la idea de ciudad museo, congelada y ensimismada en la cuidadosa conservación de sus restos en formol, en la que tanto tuvo la arquitectura que ver, puede ahora prescindir de las más modernas tecnologías de transformación artificial de la naturaleza, esto es, arquitectónica, para modificar, con el controvertido proyecto Moisse, las dañinas avenidas cíclicas de las mareas de la laguna.

Finalmente y en tercer lugar, querría que éstas fuesen palabras de enhorabuena y felicitación como presentación de un acto donde se reconoce el mérito y la excelencia, la resistencia y la esperanza ante tanta desolación. Como el paisaje de una permanente e inaudita batalla, una batalla sin ruido pero sin pausa. Nada será fácil ni sencillo. Yo creo que no se trata fundamentalmente de recursos económicos. Al contrario: el dinero ha sido a veces un factor necesario para el mayor y más rápido de los desastres. Y, por otra parte, no parece que pueda aceptarse la idea de que todo esto se produce sin el concurso de las administraciones públicas.

Sólo parece quedar un camino seguro: el que conduce a una conciencia colectiva activa y responsable que vele por sus intereses con los medios que una sociedad moderna y democrática posee. Educación, sensibilización, imaginación, comunicación son algunos hitos de ese camino. Señalar y mostrar ejemplos de utilidad para todos, poner de manifiesto el mérito y el esfuerzo de iniciativas privadas, tantas veces llevadas a término con dificultades, sin apoyo de las administraciones o incluso con trabas y obstáculos incomprensibles e inútiles, es parte imprescindible de esa dificultosa tarea de la que hablamos, la que ha elegido esta Aula Gerión sanluqueña como objetivo. Los ejemplos elegidos por el Aula es lo que hoy presentamos y por esto todos debemos celebrarlo y felicitarnos, deseando la continuidad y eficacia de su tarea. Ojalá algún día desaparezca por innecesaria.  

Que la estrella vespertina que ilumina el escudo sanluqueño, nos guíe en estos difíciles momentos de dificultad, desesperanza y desconcierto. Fuerza y ánimos.

Muchas gracias.

 

En Sanlúcar de Barrameda, a 5 de julio de 2008

 

* José Ramón Sierra Delgado es arquitecto y pintor. Catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla.

Texto leído en la Presentación del acto de entrega de los V Premios a la Conservación del Patrimonio Histórico concedidos por Aula Gerión.

 

 

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