Aula Gerión

Asociación para la defensa del Patrimonio Histórico - Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

 

 

 

 

 

Reflexiones sobre el asunto Pizarro

 

                                                                            

                  

                                                                               Santiago Pérez del Prado

                                                                              Historiador americanista

                                                                                        Vicepresidente del Aula Gerión

                                                                              

 

 

La conquista ocurrió, tal como ocurrió, dentro del imperialismo del siglo XVI, donde los conquistadores tuvieron licencias para conquistar o "capitulaciones" por parte del Emperador que, a su vez, estaba justificado por el Papa mediante Bulas, siempre que se llevara a cabo la conversión pacífica de los indios; al igual que las juntas de teólogos que se reunieron para dilucidar el asunto. Es cierto que el emperador, en su paternalismo, quería evitar la muerte innecesaria de indios y la del emperador inca -por cierto, Atahualpa era un usurpador del trono y también tenía bajo su yugo a muchos indios a través del terror y las armas-, y solamente someterlo con el fin de convertirlo, comerciar y hacerlo vasallo. Por otra parte, algunos religiosos fueron defensores de los indios, figura ésta, la del “protector del indio”, que se llegó a institucionalizar.

En la colonización y comercio con América o explotación, los máximos beneficiados fueron el Estado o Monarquía, que recaudaba impuestos tanto del botín de la conquista como de los impuestos directos que gravaban a indios y españoles, como de los impuestos indirectos sobre los productos. Después del Estado, una minoría de comerciantes españoles y extranjeros fueron los que, en mayor medida, sacaron provecho y, de rebote, el resto de los españolitos peninsulares, y minorías de ultramar.

Los conquistadores dentro de una mentalidad medieval, tras las penurias pasadas, tanto en el viaje al nuevo continente como ya en la exploración, efectivamente, se caracterizaron por su codicia y, ante la resistencia y animadversión de los indígenas, cambiaron su idea del “buen salvaje” por la del “mal salvaje”, perdiendo todos sus escrúpulos a la hora de someter a los indígenas.

A partir de aquí se fraguó la leyenda negra de la conquista hispana de América, promovida por los demás países europeos, que no pudieron participar en el imperialismo y comercio con ultramar en el siglo XVI. Con la independencia de las naciones hispano-americana se retomó la leyenda negra, como un argumento más de los criollos o españoles americanos para legitimar su revolución independentista, sin que por supuesto tuvieran ninguna preocupación social por los indígenas. En las nuevas naciones se sustituyeron las minorías dominantes españolas por las nuevas minorías criollas, quedando el indígena en la misma situación que estaba durante la colonización española.

Entrar en el debate de la leyenda blanca o la leyenda negra de la conquista y colonización de América, en los términos de buenos y malos, sería caer en radicalismos que no conducen a nada. No podemos comparar a Pizarro con Hitler, pues en su época la mentalidad humanista y su filosofía no habían avanzado tanto, ni se había interiorizado en las conciencias. Ni siquiera con Napoleón, que aunque quería llevar a Europa el liberalismo con sus magníficos principios basados en la Ilustración, lo hizo mediante la invasión y bajo el yugo militar sin respeto ni permiso de los países ocupados.

No podemos analizar la conquista con la mentalidad infantil del pequeño que ve una película de “indios” o del “oeste”, bajo la perspectiva de la bondad del blanco y la maldad del indio, fruto de la historiografía oficial occidental; ni viceversa. Hay que tener en cuenta el punto de vista del vencido y, mediante un proceso hegeliano de tesis y antitesis, llegar a una síntesis superadora, sin dejar de hacer una revisión histórica para extraer aquellos hechos que no se deben repetir, y que desgraciadamente se repiten actualmente de modo encubierto (imperialismo económico) o descarado, mediante las ocupaciones ilegítimas de naciones o intervencionismos armados en países soberanos.

Debemos tomar, por tanto, una actitud conciliadora, donde se evite magnificar la gesta conquistadora, y serenar el sentimiento de amor-odio reinante en la población hispanoamericana, donde algunas de sus naciones son de mayoría mestiza y corren por sus venas sangre indígena y sangre española. Igualmente sería ridículo fustigarnos por las atrocidades de la conquista; también sería exagerado pedir perdón por ello al modo papal. Hay que buscar lo que nos une y no lo que nos separa. Y contemplar a estas naciones como un conjunto de hijos de una pareja separada –evitando caer por supuesto en un paternalismo almibarado-, en las que ambos progenitores tuvieron virtudes y defectos, para superar complejos que eviten sufrimiento y propiciar el crecimiento y la conciliación tanto personal como colectiva.

Realizar una biografía de Pizarro –existen muchísimas-, como esculpir su esfinge, no ayuda nada a la conciliación de los pueblos. Es preferible una visión superadora y que se contemplen en piedra a españoles, indios, mestizos, negros; aquello que mejoró con el encuentro de dos civilizaciones, apoyada en un ciclo de conferencias ofrecidas por especialistas con distintas visiones, tanto de españoles como de hispanoamericanos, mesas redondas con diplomáticos…; y, si es posible, mirando al futuro con perspectivas de ayuda mutua o de ayuda unilateral por parte de España en la medida de sus posibilidades, que también puede ser un modo tácito de resarcir a aquellas naciones y desagraviarlas del daño que pudimos realizar.

 

Sevilla, abril de 2008

 

 

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